El primer juego (I)

Hay dos analogías que me gusta utilizar para definir a los juegos de mesa: para su autor un juego es como un libro y, para un jugador, un juego es como una película.

No hay película, por buena o por mala que sea, que no se pueda analizar, razonar, disfrutar o incluso aborrecer. Pero eso sí, aunque como espectador podamos criticarla con toda nuestra razón, si nos pusiéramos detrás de las cámaras seguro que no sabríamos ni por dónde empezar. Y con los juegos ocurre exáctamente igual.

Mi primer juego lo diseñé durante mis interminables viajes en tren, camino al trabajo. Mi intención no era hacer nada profesional, tan sólo pasar el rato y tratar de hacer algo divertido. Poco a poco fui ajustando reglas, añadiendo mecánicas que me gustaban, buscando interacción entre jugadores… hasta que vi que había llegado el momento de plasmarlo todo en papel y llevarlo a la mesa.

ProtoApoc

Llamarlo decepción sería quedarse corto. ¿Por qué ninguna de las mecánicas que tanto había razonado funcionaba bien? Yo mismo sabía que se trataba tan sólo del primer prototipo pero no me esperaba que resultara tan desastroso. Todos los ánimos que tenía se desvanecieron de un plumazo y, sin ni siquiera acabar la partida, recogí los pocos componentes que había sobre la mesa para analizar qué era lo que estaba fallando. ¿Pero qué puede arreglarse cuando todo lo que has probado falla en algún punto?

Tuvo que pasar bastante tiempo hasta que, cambiando poco a poco cada una de las reglas, llegué a terminar un nuevo prototipo. Imaginaros si sufrió cambios que pasó, de ser un juego de colocación de trabajadores en un futuro distópico, a ser un juego de cartas sobre máquinas steampunk. De nuevo sentí ese cosquilleo al desplegar el juego sobre la mesa, aunque también ese punto de desánimo al ver que no todo funcionaba como tenía pensado. Pero, ¡hey, esta vez sí que logré terminar la partida!

ProtoMach

A partir de aquí comencé a dedicarle cada vez más tiempo a mi pequeño proyecto, sobretodo arreglando algunas de las reglas que no me convencían y comenzando los primeros bocetos para el diseño gráfico final. Para verano ya tenía un prototipo lo bastante sólido como para probarlo con mi grupo de amigos y también algunas cartas con el arte final, para poder enseñar cómo quedaría el juego una vez terminado.

Las primeras partidas no fueron mal, aunque recuerdo mi afán por justificar muchas de las incoherencias que iban surgiendo a medida que jugábamos; al fin y al cabo se trataba tan sólo de un prototipo. Tras cada partida anotaba todos los comentarios de mis amigos, con la intención de corregir y limar el juego al máximo. Tan sólo uno de ellos me dio un comentario negativo: “El juego no está mal pero no me parece divertido. No es un juego que yo compraría”.

De vuelta a casa, con mi libreta llena de consejos, y con bastante esperanza, me dispuse a darle un último pulido a mi trabajo y pasar al siguiente nivel: probar el juego con un público más amplio. Aunque esta es otra historia que ya veremos más adelante…

 La historia continúa en: El primer juego (II)

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